miércoles, 15 de marzo de 2017

Jude

Cómo duele lo que no se recuerda, lo que mana a borbotones de las cicatrices abiertas que se abren paso por los canales de la piel. La culpa le persigue y si lo alcanza solo es para que le apalee con su zumbido ensordecedor clamando la condena del verdugo. Se niega tres veces cada mañana antes de que la herida supure y vuelva la rutina de ocultar sus brazos con la cabeza agachada. Da igual que fuera buen amigo o el mejor abogado de la ciudad si el monstruo dormitaba durante el día cogiendo fuerzas para su asalto nocturno. Después de cada ataque quedaba exhausto y sabía que así nunca sería capaz de explicar a quienes quería que las dolencias que durante años había achacado a un accidente de tráfico respondían a algo más obtuso. Solo en ocasiones en las que perdía el conocimiento dejaba vislumbrar a su entorno una brizna de su historia, no sin antes escapar al tercer grado al que por miedo o por preocupación rehuía con evasivas.

Él no se sentía suficiente. Ni suficiente agradecido con las atenciones que todos le dedicaban, ni suficiente carismático, ni suficiente interesante, ni mucho menos suficiente merecedor de quienes le dirigían una palabra. Sabía que no tenía nada en el mundo con el que devolverles tantos cuidados y eso le torturaba aún más. Iba de un sitio a otro con un par de harapos en la mochila como únicos testigos de una vida pasada que dejaba atrás en cuanto tenía ocasión de presentarse ante alguien por primera vez. Cada corte era una liberación. El ritual solía acabar en lamentaciones cuando por el resquicio de la puerta del baño reconocía la figura de su amigo despierto en mitad de la noche. Esto se repitió durante varios años sin que se convirtiese en tema de conversación. Entre ellos se conocían bien, por lo que su silencio bastaba para decir aquello para lo que nunca encontraría palabras. Daba igual lo que ocurriera en su niñez o cuáles fueran sus raíces si eso resultaba traumático al joven Jude.

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