Soy un insatisfecho crónico. Siempre lo he sido. Cuando estoy cerca de ser feliz, de sentirme realizado o de superar una tremenda adversidad, algo en mi cabeza me obliga a dar la vuelta. No es un acto caprichoso o desmedido propio de persona excéntrica y del que por tanto alardear, sino una especie de acto reflejo que me persigue desde la infancia.
He sido un niño tímido, sensible y frágil. Solía esconderme detrás de otras personas para no tener que enfrentarme a las miradas y hablaba en voz baja por miedo a que mi voz o las palabras que salían de mi boca no fueran las que el mundo esperaba. Recuerdo que todos los días lloraba por motivos que para mí eran de una trascendencia absoluta. A todo este perfil de niño inseguro y callado se suma una prematura madurez que me persigue desde entonces. Ya sé que "prematura" y "madurez" son palabras que no pueden ir juntas sin parecer un gilipollas prepotente, pero voy a intentar explicarme. Con siete años me sentía en un plano distinto al de otros niños de siete años. Tenía esa visión del mundo de los que tenían 12, y cuando tuve 12 mis preocupaciones eran las de alguien de 16. Era una carrera por crecer y desprenderme de lo que se presupone a la edad de una persona.
Todo esto lo cuento porque ya entonces saltaba esa tecla por la que ser feliz durante un tiempo se convertía en un suicidio emocional. Trato de buscarme responsabilidades, encargos y labores que mantengan mi cabeza ocupada a todas horas. Al principio pensaba que era porque me aburría con facilidad (y espero que esto no suene frío ni demasiado aséptico), pero hay una realidad que subyace a este hecho. Si no cargo la mente de trabajo corro el riesgo de que en el silencio descubra alguna reveladora verdad que pueda dejarme aún más tocado. Quizás hacerme a mí mismo alguna pregunta para la que no esté preparado o no quiera encontrar respuesta.
No voy a ser de esos que se enorgullecen de una bipolaridad que no tienen. Yo solo tengo una personalidad a la cual conozco bien o con la que al menos puedo decir que tengo trato. De vez en cuando me hace alguna trastada, vale, pero en líneas generales la soporto que ya es bastante. Es esquiva, huraña y sencillamente torpe. No está mal.
La extraña simbiosis que formamos cumple una función catártica muy valiosa. Quizás por eso siento una atracción fatal por las historias de personas rotas que no están conciliadas con su pasado o buscan algo que tal vez no exista. Estoy enamorado de quienes van por la calle con el corazón ensanchando el pecho, la música alta y el suspiro hondo. Porque no, suspirar no es de enamorados. Quien suspira es porque intenta expulsar una pesada carga para que pueda entrar algo nuevo. Quizás algún anhelo o sueño frustrado.
Un funambulista tiene la seguridad de que cruzará la cuerda floja sin caerse cuantas veces quiera. Un funambulista herido premedita, duda y tropezará antes de llegar al otro lado.