viernes, 24 de julio de 2015

martes, 21 de julio de 2015

La incertidumbre


No encuentro nada por lo que vivir
y sigo aquí, aún no es mi fin.
He peleado hasta perder el control,
pero al final hay que continuar.

Estoy cansado de contar hasta diez,
de querer, de no saber.
Cuchillos que vuelan al compás,
días para olvidar.

Un corazón existe solo entre dos,
un número a veces fatal.
Me ha costado aprender la lección.
Así soy yo, no puedo cambiar.

Renegué cien veces más por ti
para ver si estás ahí.
Vendí mi alma a alguien sin más
y así ya no dolerá.

La incertidumbre se apodera de mí.
Tras tantos fracasos nunca estás preparado.
Alguna vez tendrás que tirar la piedra.
El miedo nos sacude en nuestra torpeza.

No hay canciones para describir
tanto desprecio a los sueños perfectos.
De tanto dar vueltas acabo huyendo
de todo aquello que guardaba dentro.

jueves, 16 de julio de 2015

Donde todo se vuelve insoportable

La vigilia no espera, acecha. Cuando piensas que has logrado superar todos los horrores mundanos despiertas y te encuentras desnudo, fijo ante el espejo, dispuesto a no soportarte más. La primera vez que me ocurrió soñé que estaba solo y me asusté. Ahora, visto con perspectiva, creo que hubiera preferido mantenerme en ese breve parpadeo a dar el paso meteórico de reconocer mi conciencia.

Esto ocurrió al cuarto día. Ya no sé si llegué a terminar la semana con esa ridícula imagen de mí mismo al levantarme. La soledad de repente se convirtió en un ideal, en una meta que me alejara de estar con esa insoportable presencia que era yo. YO. Una palabra demasiado corta para el gran sumidero de mierda que esconde.


domingo, 12 de julio de 2015

sábado, 11 de julio de 2015

Décalage

Todas las mañanas se despertaba con un anhelo dibujado en los labios que lo empujaba a seguir con vida. Quebrantar las leyes naturales era un desafío inalcanzable por el que estaba dispuesto a cruzar ciertos límites, incluso si con ello fuera necesario llevarse todo cuanto viera por delante. Cualquiera hubiera sentenciado su ímpetu irrefrenable, pero era consciente de que no estaba solo en su empeño.

De la misma forma que el frío acompaña las noches de invierno, sentía la seguridad de que al cerrar los ojos encontraría la cabeza de ella apoyada sobre él. En esos instantes lo que ocurriera en el universo solo era un compás de silencio en mitad de la sinfonía que le envolvía, un pequeño rayo de sol reducido a la más absoluta nada.

Aunque le extirparan cada rincón de su ser podía cobijarse en aquella cálida postura compartida que le permitía sostener su cuerpo sobre su cuerpo. Él conocía bien esa sensación, la forma en la que exhalaba acompasado cada suspiro como un enjambre brotando por su pecho hasta mutar en la más pura encarnación de Sísifo haciendo rodar la pesada roca de su destino. Podía estar años soportando su peso, pero al llegar a la cima sabía que regresaría a la ausencia, a la levedad de su cuerpo convertido en carnaza. Tarde o temprano tendría que pagar su condena expuesto a la luz más ignota y recóndita de su mente.

La cabeza apoyada sobre sus hombros le recordaba que ella era la causa y efecto de su accidentada existencia. Cayendo de forma predispuesta, su cabello parecía responder a un capricho obsceno sugerido por las suaves facciones de su rostro dormido. Pero, ¿cómo habían acabado así, tendidos en el suelo mientras se derrumbaban los cimientos del mundo?

Desde jóvenes habían transitado los mismos caminos de la vida y así consiguieron seguir durante años. Eran dos líneas paralelas que no alcanzan a tocarse ni apartarse de su dirección. Él recordaba los días en los que el contacto de sus cuerpos les otorgaba un aspecto majestuoso, divino, como efigies imperecederas para todo aquel que los observara.

No existe nada eterno y a pesar de que nunca pronunciaron ni una sola palabra al respecto, eran conscientes de que el desajuste entre ellos, la distancia invisible que los separaba, sería cada vez más prolongada. Era la sombra que los perseguía sin descanso amenazando con revelar sus verdaderas y desconocidas formas. El décalage ya los había alcanzado pero aún no lo sabían.

Un día algo cambió y la trayectoria recta de aquellas dos personas se truncó hasta producirse el colapso. Él y ella, que habían compartido innumerables noches, desayunos sin tostadas y lluvias desde la cama, impactaron de forma inevitable desde direcciones opuestas. La colisión dejó sus restos esparcidos por el asfalto. Cuando volvieron a mirarse ya no se veían el uno al otro, sino todo lo que habían sido.

Y ahí estaban de nuevo, con ella apoyando todo el peso de su destino sobre el hombro de aquel Sísifo al que le temblaban las piernas.

sábado, 4 de julio de 2015

v e r a n o

Siento el rumor del oleaje en mis carnes y a veces pienso que tengo todo el tiempo por delante. Sería sencillo caminar por la orilla y darle a esta situación un matiz más idílico, pero lo nuestro es sentir el asfalto escuchando éxitos de hace años por la radio.

Cambio de color con el paso de las estaciones. De la pureza albina a las pipas tostadas del verano. De la nocturnidad al ébano, y si alguna vez fui azul sería de la tonalidad de un príncipe desteñido. Aún me acuerdo del dolor matutino diluido con los años. La fiebre que sentí en agosto nació entre eslóganes y la sintonía de una telenovela sobre ser rebeldes.

Hoy el mayor placer que podrías darme sería comprar el helado más dulce de la ciudad para dejar que se derrita frente a tus ojos. Sé que es un desafío resistir la sed del viaje, pero no hay mayor deleite que saber que podemos cruzar el océano y sus honduras insondables.