Todas las mañanas se despertaba con un anhelo dibujado en los labios que lo empujaba a seguir con vida. Quebrantar las leyes naturales era un desafío inalcanzable por el que estaba dispuesto a cruzar ciertos límites, incluso si con ello fuera necesario llevarse todo cuanto viera por delante. Cualquiera hubiera sentenciado su ímpetu irrefrenable, pero era consciente de que no estaba solo en su empeño.
De la misma forma que el frío acompaña las noches de invierno, sentía la seguridad de que al cerrar los ojos encontraría la cabeza de ella apoyada sobre él. En esos instantes lo que ocurriera en el universo solo era un compás de silencio en mitad de la sinfonía que le envolvía, un pequeño rayo de sol reducido a la más absoluta nada.
Aunque le extirparan cada rincón de su ser podía cobijarse en aquella cálida postura compartida que le permitía sostener su cuerpo sobre su cuerpo. Él conocía bien esa sensación, la forma en la que exhalaba acompasado cada suspiro como un enjambre brotando por su pecho hasta mutar en la más pura encarnación de Sísifo haciendo rodar la pesada roca de su destino. Podía estar años soportando su peso, pero al llegar a la cima sabía que regresaría a la ausencia, a la levedad de su cuerpo convertido en carnaza. Tarde o temprano tendría que pagar su condena expuesto a la luz más ignota y recóndita de su mente.
La cabeza apoyada sobre sus hombros le recordaba que ella era la causa y efecto de su accidentada existencia. Cayendo de forma predispuesta, su cabello parecía responder a un capricho obsceno sugerido por las suaves facciones de su rostro dormido. Pero, ¿cómo habían acabado así, tendidos en el suelo mientras se derrumbaban los cimientos del mundo?
Desde jóvenes habían transitado los mismos caminos de la vida y así consiguieron seguir durante años. Eran dos líneas paralelas que no alcanzan a tocarse ni apartarse de su dirección. Él recordaba los días en los que el contacto de sus cuerpos les otorgaba un aspecto majestuoso, divino, como efigies imperecederas para todo aquel que los observara.
No existe nada eterno y a pesar de que nunca pronunciaron ni una sola palabra al respecto, eran conscientes de que el desajuste entre ellos, la distancia invisible que los separaba, sería cada vez más prolongada. Era la sombra que los perseguía sin descanso amenazando con revelar sus verdaderas y desconocidas formas. El décalage ya los había alcanzado pero aún no lo sabían.
Un día algo cambió y la trayectoria recta de aquellas dos personas se truncó hasta producirse el colapso. Él y ella, que habían compartido innumerables noches, desayunos sin tostadas y lluvias desde la cama, impactaron de forma inevitable desde direcciones opuestas. La colisión dejó sus restos esparcidos por el asfalto. Cuando volvieron a mirarse ya no se veían el uno al otro, sino todo lo que habían sido.
Y ahí estaban de nuevo, con ella apoyando todo el peso de su destino sobre el hombro de aquel Sísifo al que le temblaban las piernas.
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