La fatigosa sensación que corroía su vientre presagiaba la angustia que lo persiguiría hasta la extenuación. Juntos compartían el mismo dolor punzante que les empujaba a adorar el misticismo que encierran las palabras nunca pronunciadas.
Necesitó regresar sobre sus pasos para comprender el origen de su endémico malestar. Las crisálidas instaladas en los huecos internos de su cuerpo dieron paso a criaturas voraces que rasgaron los sentimientos que albergaba, las costuras del tiempo y el espacio. Las mariposas, despiadadas criaturas que anidan de forma imprevista, corroían su vientre extendido en el suelo. Él sentió la necesidad de gritar como un mantra sin dueño ni reclamo el nombre que apresaba su mente. Cuando hubo expirado el último suspiro que pudo dedicarle, las mariposas brotaron por su boca dejando tras su marcha solo un pálido maniquí inerte.
Su corazón egoísta no soportó la desazón que le produjo encontrar lo que tanto se negó a buscar. La mano invisible que desgarra el pálpito con su tenebroso sentir.
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