sábado, 1 de agosto de 2015

Inventa al menos una despedida

Ojalá te hubiera conocido. Llegaste con tanta fuerza al punto en el que comienzan las historias que al pestañear ya había perdido la cabeza. Huyendo de todo llegué al punto de regreso. Algunos tenían la firme convicción de que caerías a sus pies, que te poseerían, pero no fuiste capaz de aceptarlo. No eras un nombre, un concepto ni un motivo por el que suspirar. Qué revelador aceptar eso.

Tras un arranque pasional cogí el tren y te descubrí en una lejana playa intentando pisar tu propia sombra. Era extraño, pero sin conocerte sentía que siempre habías estado allí, concentrada dando pisadas en la arena. Aquella esperpéntica escena se quedó grabada en mi mente, tejiendo sueños y dramas más reales que el agua que rozaba los dedos de los pies. Los días pasaban y tu pelo cambiaba de color sin descanso, sorprendiéndome con una parte nueva totalmente desconocida y fascinante. El vértigo se había convertido en una sensación tan arriesgada como placentera.

Aún me duelen los surcos que dejaron las lágrimas en los ojos y la extraña certeza de que las coincidencias que nos unían eran solo excusas inconexas. La realidad es que reparaste en mí cuando la marea ya sacudía lo que quiso pero nunca fue. Demasiado tarde. Descubrí que había pasado tanto tiempo con una persona solo para averiguar que era una extraña. Allí te encontrabas, satisfecha tras vencer a tu sombra mientras me gritabas que al menos tuviera el valor de inventar una despedida.

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