No he vivido y ya no existo por dentro. No he caminado y ya me quema el cuerpo. Volé bajo el suelo, ingrávido, absorto, y ya no hay punto de regreso. La experiencia es una virtud y un inmenso sacrificio. Se va la inocencia, los golpes, el sabor a metal en el cuerpo. Es la renuncia por el espíritu, la bella desgracia por el enaltecimiento del ego.
No hay elección, están todas las piezas colocadas. De nada sirvieron los años de búsqueda. Solo queda el muro infranqueable sobre el horizonte dando sombra a los días del verano. Y aunque Hipólito nunca perdió su natural encanto ni bajó del caballo blanco, hoy por ello será castigado. ¡Pobre! ¡Quién pudiera bucear bajo su espalda para acallar la melodía que lo devora!
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